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El héroe: Del Potro se recibió de ídolo en Parque Roca
septiembre 22, 2008, 11:45 am
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Con una actuación para el recuerdo, le ganó a Andreev en sets corridos y le dio a la Argentina el punto decisivo para ganarle 3-2 a Rusia y avanzar a la final contra España; otro capítulo exitoso en la vida del joven que se adueñó de todas las luces en los últimos tiempos.

El mundo según Juan Martín del Potro es una sucesión vertiginosa de imágenes y festejos en los últimos tres meses, todo junto y a lo grande.

La inmensa figura del tandilense atravesó el cielo del tenis argentino con un presente fulgurante. La última postal se vio ayer, en el Parque Roca; allí está él, envuelto en la ovación de 14.000 personas y el aliento de la barra de amigos que lo alentó de manera incesante, abrazado por el equipo argentino, empapado de champagne, rebosante de felicidad.

Convertido en el héroe de la clasificación argentina para la final de la Copa Davis, con un triunfo fantástico ante Igor Andreev en sets corridos. No es exagerado el calificativo para quien asumió con personalidad la misión de acompañar en los singles a David Nalbandian, y cumplió con creces el objetivo, al darle a la Argentina dos de los tres puntos necesarios para el 3-2 sobre Rusia; en ambos casos, con victorias contundentes, primero ante el N° 6 del mundo (Nikolay Davydenko), y luego ante Igor Andreev, en un quinto punto a todo o nada. Como anticipo de los 20 años que cumplirá mañana, se regaló una tarde de ensueño.

El Huracán Del Potro se apropió de las luces principales por mérito propio. Con velocidad supersónica y a pura potencia, como ese drive con el que martirizó a los rusos durante este fin de semana inolvidable. Porque, al fin de cuentas, hace tres meses era recién el octavo argentino en el ranking, en el puesto 65°. Tiempos en los que, lesiones y falta de confianza de por medio, le costaba superar un par de ruedas en cualquier torneo. Con el título de Stuttgart empezó todo: desde allí, comenzó a pasar pruebas con mentalidad ganadora y hasta esa cuota de irreverencia necesaria para encarar empresas cada vez más difíciles.

Ganó dos, tres, cuatro torneos; dejó de lado la escasa experiencia en partidos de cinco sets y escaló hasta los cuartos de final en Flushing Meadows, y al regreso aterrizó en el Parque Roca.

Hace diez días, le decía a LA NACION: “Desde que empecé los entrenamientos me lo imagino a Davydenko enfrente. Me tocará jugar contra él. Pienso y sueño con ese partido, aunque también sé que no tengo que pensar tanto. Es una serie en la que puede pasar cualquier cosa”.

-Mirá si tenés que definir en el quinto punto… ¿Lo pensaste?

-Nooo… No quiero ni pensar en eso, es algo muy grande.

La ansiedad parecía recorrer todo su cuerpo, pero encontró refugio en el equipo nacional. Nalbandian lo siguió de cerca toda la semana previa, lo mismo que el capitán Alberto Mancini, y su entrenador, Franco Davin. Superó hasta los pronósticos más optimistas con la paliza sobre Davydenko. La caída de Nalbandian lo puso de nuevo ante otro listón de exigencia: cerrar una semifinal, como local, a todo o nada.

El apagón del cordobés había enmudecido a la gente. Delpo entró concentrado; lo recibieron aplausos de esperanza. El pibe y su raqueta, ahí, solo, frente a Andreev, un rival que ya había pasado dos veces una situación similar. A ganar o ganar, sin vueltas.

Ganó el sorteo y eligió recibir . Si los nervios estaban ahí, habrá que decir que no se percibieron. Porque, con mucha soltura, quebró de movida. En el game siguiente escapó de cuatro breaks. El sol se asomó para iluminar su tarde.

La sombra de Del Potro, ya de por sí larga, parecía abarcar toda la cancha. Acrecentó la firmeza con el saque, acorraló a Andreev con un drive pesadísimo, estuvo consistente con el revés, y se quedó con el primer set. En un partido de puntos largos y peloteos intensos, tuvo paciencia para esperar su oportunidad. Un toque de fortuna -un revés dio en la red y cayó del lado ruso- significó el quiebre vital para el 3-2 del segundo set. Nada lo detuvo desde entonces. Intratable, levantó a la gente con un par de derechazos demoledores y se puso match-point. Con otro drive cruzado imparable completó un éxito por 6-4, 6-2 y 6-1, en 2h12m. Apenas siete games cedidos, la misma cifra que ante Davydenko.

Pasó la lluvia de papelitos, el champagne, los abrazos con el equipo y con todos, toda la felicidad dentro de un cuerpo de 1,98 metros y 94 kilos; pasó el desfile de reconocimiento ante los auspiciantes, y con la bandera al hombro, se sorprendió cuando entró a la sala de prensa repleta, aguardándolo. “Felicidad es lo único que siento ahora. Fue muy fuerte cuando corearon mi nombre, que todos me hayan alentado. El festejo con el equipo y la gente, que era algo que nunca me había pasado, las ovaciones y esas cosas que uno no las vive en el circuito, sólo en una Copa Davis como local.

En estos tiempos viví emociones fuertes, pero esto supera todo”, señaló. Afuera, los amigos de Tandil lo esperaban; el bombo se hacía sentir con toda su fuerza. “Bueno, dale, ya está, vamos a festejar”, dijo, sin contener las ganas de salir a divertirse, de empezar a disfrutar de todo lo conseguido, de este momento único y particular, de un mundo que gira a su alrededor.

14 los games que cedió Del Potro en los seis sets que jugó ante Andreev y Davydenko

36 son los triunfos que totaliza en lo que va de 2008. Ganó 25 de sus últimos 26 partidos

13 victorias seguidas tiene la Argentina como local en la Davis. No pierde desde 1998

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